Stories

Ahmed

12/mayo/2022 por Evelien Vos
Ilustración para 'Ahmed' por Gonzalo Sainz Sotomayor
Evelien Vos

Evelien Vos

Escritora

Evelien Vos estudió Ciencias de la Gestión y Organización en la Universidad de Utrecht. Trabajó como investigadora durante seis años (Universidad de Utrecht y Grupo DSP) y desde 2016 escribe, entrevista y presenta para diversas organizaciones. Eveilen colaboró con Platoniq escribiendo las historias de Ahmed y Precious para el proyecto europeo CultureLabs.

Cuando llegué a Ancona todo estaba helado. Había corriente en la sala donde tuve que esperar, y mi chaqueta estaba mojada todavía. Creí que estaba preparado. Cuando estaba en Somalia lo leí todo acerca del viaje; todo, aunque tampoco demasiado, porque mi mujer siempre me pedía que lo dejara.

«En Internet la gente solo se inventa cuentos», decía.

Sé que tenía razón, pero no podía evitarlo. Quería conocer los riesgos. Quería que esto saliera adelante.

Apenas recuerdo los primeros días que pasé en este apartamento, donde vivo junto a otros cinco tipos más. Creo que me quedé en la cama todo el tiempo y nada más. Los días de viaje en el camión y las horas calado en el mar habían hecho mella en mi cuerpo, estuve temblando y con escalofríos. Cualquier movimiento hacía que me marease, y todos los recuerdos que me asaltaban me mareaban también. La niña que se cayó del camión en el desierto, el chillido de su madre, los ojos grandes de los otros hijos de ella, la mujer del barco que murió en mi regazo. Sentía que mi cabeza era como el camión y como el barco, demasiado pequeña para todo lo que tenía dentro. Al menos aún tenía las fotos de mi mujer y mis seis hijos en el móvil. Cuando estaba despierto me obligaba a mirarlas, y el resto del tiempo intentaba dormir.

Después de un día, o tres, empecé las clases de italiano y con eso volví un poco a la vida. Es un italiano un poco antiguo, nos enseñan a comprar en puestos del mercado y cosas así, aunque aquí por ahora solo he visto supermercados. Pero estoy contento de aprender cosas. No me he saltado ni una clase y pienso seguir así hasta que encuentre trabajo aquí.

Esta mañana también he tenido clase. Puse el despertador una hora antes para hacer los deberes. Me lavé la cara con agua fría, me hice un café y lavé una taza. En la cocina del piso hay que lavarlo todo antes de poder usarlo. El paquistaní se quedó blanco cuando entró el otro día. «¡Me pondré enfermo en cuestión de una semana!», le dijo al que le enseñó el piso. Pero yo creo que es aún peor que los otros seis. Está todo el día fumando y deja el suelo perdido de ceniza. Suena asqueroso, lo sé, pero la verdad es que este sitio me da igual.

Cuando el café estuvo listo, me lo tomé rápido y miré la foto que me había mandado mi mujer unas horas antes. Había tortitas y salía Amir sonriendo a cámara. Ya tiene sus primeros dientes. Es un niño muy bueno, echo de menos cómo huele a bebé y los sonidos de mi familia. En mi habitación nueva lo que oigo son los ronquidos de Jamil, un chaval de Senegal, y el camión de la basura por las mañanas.

Después del café fui al baño y me pesé. Le prometí a mi mujer que no iba a quedarme flaco y encontré una balanza barato para llevar la cuenta, pero no estoy cumpliéndolo. Peso 68 kilos. Intento comer todo lo que puedo, pero no paro de perder peso. Creo que es por tanto esperar. Por eso me muevo tanto. Voy andando a todos lados, juego con los otros somalíes y hasta he vuelto a jugar al fútbol, aunque soy muy malo porque llevaba años sin jugar. Pero parece que nada tiene sentido.

En Mogadiscio tenía un trabajo muy bueno. Tengo veintiocho años. Los últimos cuatro años trabajaba cuarenta o cincuenta horas a la semana, traduciendo contratos del inglés al árabe y viceversa. Mantenía a mi familia y tenía una casa grande, incluso un estudio donde podía terminar el trabajo por las tardes. Lo tenía todo bajo control, hasta que Al-Shabaab fue creciendo. Entonces tuve que ser realista. Un día podían pegarme un tiro a mí también, como habían hecho con otra gente que trabajaba para empresas extranjeras. La semana pasada le mandaron a un amigo mío un vídeo de un antiguo compañero. En el vídeo se veía cómo le disparaban a la cabeza, y el que le disparaba ni siquiera llevaba la cara cubiert. Sus ojos no mostraban miedo ni emoción. Solo apretó el gatillo, sin más.

Así que aquí me dedico a moverme mientras espero. Mi esposa está apurando nuestros ahorros mientras el gobierno italiano evalúa mis documentos. Quizá tarde unos meses más. Necesito protección internacional o asilo político, y si lo consigo tardaré dos meses más en poder ponerme a trabajar. Miro el buzón todos los días. Cuando deciden qué hacer contigo, te mandan una carta.

Mientras tanto, una señora de COOSS, una ONG de aquí, está intentando convertir mi título somalí en un título italiano. Si lo consigue, le compraré las flores más bonitas de Ancona, pero la verdad es que cualquier trabajo me vale. Estoy ansioso de hacer algo e integrarme aquí. Iré a la ópera, al museo, al campo. Me haré lo más italiano posible, en cuanto me dejen. Le enseñaré a la gente de aquí que mis intenciones son buenas, y entonces quizá dejen que me quede aquí con mi familia.

Quizá hayas dejado de leer ya. Es una historia triste, lo sé. A mí tampoco me gustan las historias tristes.

Por eso lo voy a dejar aquí. Voy a coger mis cosas e irme al parque de nuevo. Haré los deberes de italiano, intentaré ignorar a las señoras mayores italianas que van paseando con sus perrillos y que cruzan de acera cuando me ven sentado en el banco. Quizá luego llame a uno de los somalíes que hay aquí y procuraré mejorar un poco como futbolista; mis hijos tienen que estar orgullosos de su padre cuando vengan